Bienvenidos a CUATRO GATOS... pasen y lean.

Hola amig@s:
Ya ven, los gatos canarios nos atrevemos a enseñar las uñas en este espacio "blogerístico".
Pretendemos ser unos gatos cultos, más o menos, creativos
y de nuestro tiempo, con el permiso de todos.
Aquí aparecerán nuestras
aportaciones (poesía,
relato, fragmentos, fotografía, y
otras manifestaciones
gatunas).
Les animamos a que nos envíen
sus opiniones e incluso sus
aportaciones, todo ello
dentro del marco
constitucional y de respeto a los
gatos y demás fauna
que caminan o
pululan por este mundo.
Por aquello de que "con
el mazo dando y a
Dios... muy buenas y
hasta pronto".
Felinos saludos.
Gatonio y cía.

En busca de la inmortalidad

Decía un amigo, al que tuve el gusto de frecuentar hace años, que el ser humano por naturaleza desea ser inmortal. Quizás el miedo a lo desconocido nos provoca el rechazo a la muerte. Las religiones, de una u otra manera, a través de la resurrección, reencarnación o la transmutación a otro estado espiritual nos incitan a creernos imperecederos.


Sabemos que nos vamos a morir pero no obstante nos resistimos a esa idea. Nuestra cultura no nos enseña a bien morir. Nos induce a creer que vivir para siempre es “chachi”. Que morirse es una desgracia. Así que nos estamos preocupando toda nuestra vida de no morirnos nunca en lugar de vivirla con la intensidad del que sabe que la muerte es un proceso tan natural como la vida misma.

Éste amigo me contaba como muchos colegas suyos, él se dedica a la sanidad mental, se empeñaban en sacar libros para plantear tesis y más tesis sobre los inescrutables estados mentales; escribían en revistas artículos extensísimos para apoyar o contradecir algo de lo leído u oído a otros colegas, todavía vivos o ya fenecidos. Dándose el caso de leerse tomos, artículos o cualquier texto para después hacer una salsa impropia que salpimentar a su propio gusto, para mayor gloria de la pseudo-ciencia. De lo que se trata es de que sus obras sean una prolongación de su vida, algo así como asegurarse la perennidad eterna. Fabricarse, ellos mismos, en vida esa estatua figurada, que enclavada en la plaza de la memoria colectiva, los mantenga en el recuerdo de los que los sobrevivirán.

Es una pena porque algunas personas con una trayectoria gris aunque con cierta relevancia social por sus negocios, por aquella empresa que supo llevar con más o menos acierto durante toda su vida o quizás como responsable de algún medio de comunicación con cierta influencia social no se resignan al final de sus días, a morirse sin más. Un día su soberbia le descubre que necesita reconocimiento post-morten y entonces la lían. Se inventan un ideal bucólico con atisbos místicos. Encienden la gran hoguera de su vanidad y truenan cuales arcángeles trompeteros llamando a arrebato a los endebles mentales, a aquellos mesías de las verdes praderas, a los irredentos de la última revolución pendiente y a los que creen que han aprendido la Historia leyendo colorines. Soflama consignas para que lo autoproclamen portavoz de su propia causa, esa causa que no es otra que resistirse a ser olvidado, a buscar la inmortalidad a costa de casi lo que sea.